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Publicado el: Mar, Feb 18, 2014

LAICISMO VERSUS LOS MITOS DEL MERCADO

logo jara-radicalpor Héctor R. Jara Paz.

Hace unos años atrás, Alejandro Montesinos me decía que el laicismo, a su juicio, era la “desmitificación de la sociedad”. Es decir, un concepto que va más allá del simple anticlericalismo, o el velar porque el Estado de garantías de expresión a toda creencia religiosa, sin comprometer las políticas del Estado con ninguno de ellos.

Lo cierto, es que se trata de una expresión evolucionada del pensamiento humano, en beneficio de la convivencia social. Expresión evolucionada, porque da cuenta de la necesidad de una actitud pro activa en contra de toda manifestación basada en fanatismos, prejuicios o afirmaciones dogmáticas que aseguran disponer una sola verdad.

Para entenderlo con un mayor sentido común, es preciso reconocer ciertas debilidades humanas que hacen al individuo propenso a ser manipulado e interesadamente dirigido a militar en causas que ofrecen respuestas simples a sus problemas cotidianos. Es como la venta de indulgencias por pecados cometidos; Luchar contra los supuestos “responsables” de sus  miserias humanas; Estimular la envidia contra los poderosos; Seguridad ante los que quieren cambios “peligrosos”; Explotación del miedo, como herramienta política de persuasión social; Estimular el racismo o la xenofobia contra quienes nos “quitan nuestros empleos” y, por supuesto, el sentido de superioridad racial o cultural.

Chile es un país que lejos de avanzar hacia una sociedad laica, ha retrocedido sustancialmente en esta perspectiva. Este proceso se debe fundamentalmente, a la minimización del Estado y sus instituciones, garantes de la dignidad y derechos humanos reconocidos por las Naciones Unidas, que inhibe un accionar pro activo en la definición y transparencia de las políticas públicas, así como en el rol fiscalizador sobre la empresa privada. El actual modelo ha servido para reconocer el fracaso de la autorregulación empresarial, dado que el afán de lucro sobrepasa los intereses generales de la población. Los efectos de esta realidad se hacen sentir en los ámbitos más básicos de la sociedad chilena.

¿Existe alguna institución, que no sea el Estado, que pueda garantizar estos derechos y libertades que se basen en la justicia y equidad?

Todo indica que las políticas a nombre de la “libertad”, diseñadas a partir de la dictadura militar, representan un mito político. La libertad de educación, de salud, de disponer una vivienda digna, de acceso a la cultura, solo puede ser utilizada por quienes disponen de recursos para ello. El actual modelo chileno, le permite al Estado financiar con recursos públicos la empresa privada. Colegios y Hospitales municipales reciben un porcentaje muy inferior de dinero por la misma prestación que da un privado, así lo señalé en escritos anteriores, dando a conocer que FONASA paga $ 45 mil pesos el día cama UTI al ente público, en circunstancias que su valor costo es cercano a los $ 85 mil, pero cuando el paciente del mismo hospital público es derivado a una clínica privada, FONASA le cancelan al ente privado valores superiores a los $ 300 mil pesos. Negocio para privados y la quiebra para el sistema público.

En Educación, el panorama no es mejor. Se financia el modelo de colegios subvencionados en desmedro de la educación municipal; se financian los negocios educacionales de los grandes grupos económicos y entidades confesionales con exención de impuestos a sus empresas, que debieran disponerse hacia el bien común, hacia quienes son más vulnerables de nuestra sociedad. Se aporta financiamiento público a los municipios para la población escolar más vulnerable (SEP), pero al no existir una adecuada cobertura de fiscalización del Ministerio, los Alcaldes utilizan ilegalmente esos fondos para cubrir necesidades diferentes al destino fijado por ley.

Hoy debemos educar a nuestra población sobre la naturaleza del Estado, su rol social. El libre mercado fracasó en sus intentos de redistribuir la riqueza, fracasó en su intento de reemplazar al Estado en el gasto social, carga económica basada en principios de justicia, de equidad y de solidaridad. Por lo demás, ¿por qué no tenemos esa misma “libertad” para priorizar en qué gastar nuestros impuestos?

La lógica de lo expuesto debiera bastar para crear condiciones políticas para el cambio, tal como debió suceder con el modelo, a partir de la quiebra de las grandes instituciones financieras, catedrales del libremercado en Estados Unidos, sin embargo, los medios de comunicación social al servicio de las grandes corporaciones económicas, -en Chile solo existen dos cadenas de medios-, no están dispuestos a difundir estas ideas, utilizando los mitos basados en la ignorancia, el miedo y el terror, los prejuicios y la desinformación.

Así es como se institucionalizó la devoción religiosa por “el mercado” en Chile, sobre un fenómeno social muy antiguo que se daba por superado, pero que hoy, con la colusión de intereses entre empresarios y congregaciones religiosas, además de la ignorancia cívica decretada por Pinochet, reina institucionalmente hasta en Partidos que se auto denominan “progresistas”. Si antaño el concepto “laico” con una expresión anticlerical permitió destruir las columnas de una sociedad en extremo conservadora, hoy es necesario recuperarlo, en su expresión más amplia, para volver a construir una sociedad más justa y solidaria.

No es una novedad sostener que la crisis del Estado chileno aprovechó la decadencia del Partido Radical de Chile, depositario natural del pensamiento laico en las políticas públicas de la sociedad. Se educó la sociedad para garantizar la movilidad social y se crearon instituciones públicas encargadas de velar por el desarrollo de la sociedad chilena, esto permitió la formación de una creciente clase media ilustrada, pero que tras unas décadas, ve coartada su natural evolución cultural hacia una sociedad más justa y equitativa. Es que una revolución, como la realizada por los gobiernos radicales, -sin concesionarias-, no puede estancarse, debe seguir evolucionando desde el poder, consciente de los continuos embates de la derecha y sus juegos de seducción.

Por ello, la suerte del radicalismo chileno no es solo cuestión de radicales, tiene que ver con el desarrollo estratégico de la república. El Partido Socialista y posteriormente el PPD, intentaron infructuosamente reemplazar al Partido Radical en la escena política chilena. Por otro lado, la Democracia Cristiana lo visualizó como su natural enemigo. Lo cierto es que el pensamiento humanista y laico, socialista y democrático, resurge espontáneamente como herencia cultural en cada nueva generación, pero ello son solo semillas latentes, genes que requieren de inteligencias esclarecidas y voluntades intrépidas, liderazgos reales que estén interpretando diariamente la realidad social, es por ello que lo llaman “el Partido de los Inmortales”.

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