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Publicado el: Lun, Mayo 19, 2014

LA CASA DE LA POLÍTICA

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Héctor R. Jara Paz

Para muchos, la casa de la política es el Congreso y sus Cámaras, de hecho, así lo ha sido en Chile desde el retorno a la democracia.

Ver la política como un tránsito entre La Moneda y el Congreso, ha dejado durante todos estos años una brecha de enormes dimensiones entre los intereses de la ciudadanía y, la percepción que el ejecutivo y el parlamento tienen de esos intereses.

Las manifestaciones en las calles corresponden a los intereses y necesidades de un mundo real, cuyas demandas terminan diluyéndose en el “ámbito de lo posible”, determinado por negociaciones que no necesariamente resguardan el bien común, o que relativizan la urgencia de los cambios demandados por la ciudadanía.

¡Qué oportuna frase del Papa que estuvo en Chile…”los pobres no pueden esperar”!

El informe denominado “Auditoría a la Democracia” elaborado por el PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el desarrollo” es determinante a la hora de los resultados. Chile tiene “una de las tasas más bajas en América Latina de confianza en los partidos políticos y en el Congreso” con una tendencia negativa. Sin embargo, producto del binominal, entre otros factores, los partidos absorben casi el total de la representación ciudadana en el Parlamento.

Esta relación incestuosa para la democracia, ha consistido en la necesidad de votos por parte del ejecutivo para aprobar sus leyes, a cambio, los parlamentarios reciben prebendas o cargos para “los suyos” en sus respectivas circunscripciones o distritos.

Como esto del ejercicio del poder seduce, afloran ambiciones muchas veces desmedidas, egos descontrolados y estrategias para mantenerse en el poder. Gran parte de las negociaciones están motivadas por estas consideraciones. La parlamentarización de la política ha sido nefasta, los parlamentarios dirigen la directiva de los Partidos con una visión sesgada de la realidad social, limitando el flujo de la nutriente social y relativizando la ética de servir y no servirse de la representación social.

Quedaron atrás los tiempos en que los Partidos Políticos eran responsables de la ética política de sus parlamentarios y la renovación de los discursos ideológicos, en gran medida, porque sus directivas dejaron de considerar a sus órganos de decisión y definición política a un lado de la vereda, además de cooptar a los responsables de sus órganos disciplinarios. El personaje político que cobra valor, dejó de ser el “militante” pensante, hoy es el “operador” que consigue votos. Su objetivo político es mantener los privilegios de “su pega”, así como mantener el “escaño” de su sostenedor parlamentario.
Desaparecieron las comisiones políticas, las escuelas de formación ideológica, el trabajo territorial (salvo en época de elecciones), los tribunales independientes de justicia partidaria, hasta la cotización económica de sus miembros, de modo que los deberes y derechos de un militante pierdan valor y jerarquía ante la dirección y sus operadores, encargados de que nada cambie en relación al poder y sus expectativas.

La ley de partidos políticos de Pinochet es intocable, porque es útil a sus intereses, como lo ha sido el binominal para los partidos llamados grandes y el determinismo conformista de los llamados chicos. Estos últimos, parecen haber descartado la opción de crecer, es más fácil administrar un partido chico desde una oficina, basta el timbre y la campanilla.
Sin embargo, los vientos soplan en una dirección contraria, las organizaciones ciudadanas toman conciencia de un rol más activo y son capaces de coordinarse en redes efectivas y eficientes que pueden afectar o cambiar la agenda política del país. Hoy además, poseen una bandera que difícilmente podrá negociarse, dada la falta de confianza de la ciudadanía en el Congreso como vía alternativa, que según el estudio del PNUD “…ha sufrido una de las caídas más agudas en la última década en el contexto latinoamericano”, me refiero a la Asamblea Constituyente.

La Casa de la Política es donde vive el pueblo, en la calle, en las poblaciones, en las regiones, en todas aquellas formas que surgen de las necesidades más urgentes de la población.

 

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